viernes, 16 de diciembre de 2011

El peso del pasado


Una de las falacias sobre la historia de España más asentadas en nuestro imaginario colectivo es que los españoles somos, mayormente, descendientes de la amalgama de diversos pueblos que nos colonizaron o conquistaron a lo largo de los siglos. Nos creemos a pies juntillas que por nuestras venas corre a raudales la herencia genética de griegos, fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, árabes y demás visitantes de nuestras tierras a lo largo de su dilatada historia (*). Esta es una presunción absolutamente falsa. En realidad, el numero de tales colonizadores e invasores fue siempre absolutamente nimio comparado con el de la población indígena local en el momento de su llegada, como enseguida intentaré demostrar.

Es casi imposible determinar con exactitud cuanta gente vivía en la península Ibérica en el momento de nuestra entrada en la historia (por redondear, el 1,000 a.C, poco antes de la fundación de Cádiz, la primera colonia fenicia). Si puede estimarse en cambio que, hacia el siglo I DC, en el apogeo de la dominación romana, en la Piel de Toro residían, al menos, unos 4 millones de personas. Este es al menos el cálculo al que diversos especialistas en demografía histórica han llegado, a partir de complejos cálculos basados en informaciones parciales de censos, cálculos sobre la densidad poblacional de yacimientos arqueológicos y ejercicios comparativos con otras regiones del orbe romano.

Entre, digamos, el 1,000 a. de C. (por poner un punto de partida) y el siglo I d.C, se produjeron en la península cuatro oleadas colonizadoras o invasoras: griegos, fenicios, cartagineses y los propios romanos. Griegos y fenicios fundaron, en las costas hispánicas, docena y media de factorías o pequeñas ciudades, pobladas cada una, según estimaciones verosímiles, por no más de unos pocos miles de personas (incluyendo entre ellos numerosos iberos autóctonos, con sus barrios propios, como en el caso de la colonia griega de Emporiom, la actual Ampurias). La presencia cartaginesa también implicó la fundación de alguna ciudad (Cartago Nova) y el asentamiento de pequeños contingentes de tropas, por hablamos, de nuevo, sin duda de unos pocos miles de personas. En total, y exagerando, podría hablarse de unos 50,000 colonizadores entre estos tres grupos.

En el caso de los romanos, en cambio, su presencia en la península no se limitó a una mera colonización circunstancial: Fue una conquista en toda regla, que supuso además el establecimiento de colonias (es decir, ciudades pobladas por ciudadanos romanos, sobre todo militares retirados). Se fundaron al menos una treintena de ellas, y hoy sabemos que la población de cada una debe situarse en un promedio de en torno a 5,000 residentes (incluyendo muchos nativos). Así pues, cabria hablar, a lo sumo, y calculando por lo alto, de tal vez de unos 150,000 ciudadanos de otros rincones del mundo Romano que se instalaron en la península.

Teniendo en cuenta que la tasa de crecimiento poblacional en la historia Antigua era desesperadamente reducida, 50,000 griegos, fenicios y cartagineses llegados en los siglos precedentes, más unos ciento cincuenta mil romanos llegados después, equivalen, en términos de la población total peninsular en el siglo I DC…a eso mismo o poco más. En resumen: el aporte genético de estas oleadas en los 4 millones de habitantes de la Hispania Romana fue nimio (matemáticamente algo menos de un 5% del stock genético de la época, esto es, 4,000,000/ 200,000). En otras palabras: las gentes de la Hispania romana seguían siendo, básicamente, descendientes en su inmensa mayoría de las personas que ya poblaban el territorio mil años antes. Todo ello cuadra perfectamente con el hecho de que la inmensa mayoría de la población de Hispania (se estima que un 85% vivían en núcleos de menos de 1,500 habitantes) era de carácter absolutamente rural, morando en aldeas en las que tales colonizadores e invasores nunca se instalaron.

Se estima que las invasiones bárbaras supusieron el asentamiento en la península de unos 50,000 emigrantes (40,000 visigodos y unos 10,000 suevos). Por aquel tiempo la población total seguía situada en el entorno a los 4 millones, de modo que la llegada de estas tribus no aportó más que un 1% suplementario.

La invasión musulmana del siglo VIIII y la posterior etapa de dominio árabe, supuso el asentamiento de colonos, sobre todo bereberes y sirios, en cifra difícil de determinar. Se ha calculado que las fuerzas de Tarik y Muza, lideres de la ocupación, no superaban entre ambas los 30,000 guerreros. Es dudoso que todos ellos terminaran asentados en España. En décadas sucesivas, nuevas rachas de grupos musulmanes arribaron (almohades, almorávides, benimerines), pero de nuevo, se trataba de pequeñas fuerzas invasoras de unos pocos miles de individuos. En total, y exagerando mucho, digamos que no más de 200,000 individuos se instalaron en el territorio ibérico, procedentes del mundo árabe musulmán, a lo largo de aquellos siglos. A ello habría que sumar la emigración de franceses hacia los reinos cristianos del Norte en el marco del esfuerzo repoblador; aquí también resulta arriesgado dar cifras, pero sería inverosímil pensar en números superiores a algunas pocas decenas de miles.

Se ha calculado que, en tiempos de los Reyes Católicos, la población de la península rondaba los 6 millones de personas, esto es, solo un 50% más que 15 siglos antes, explicable mayoritariamente por el crecimiento vegetativo a lo largo de esos 1,500 años, no por la migración de los grupos arriba mencionados: Aplicando una tasa de crecimiento poblacional del 40% a la cifra de visigodos y suevos (llegados 1,000 años antes), y de un 30% a la de musulmanes y francos ultra pirenaicos (en los 500 años transcurridos), llegaremos a la cifra de que tal vez un 6%, como mucho, del stock genético de los españoles ( y portugueses) de los tiempos de Isabel y Fernando, se debía a la contribución de estos grupos.

Desde entonces, hasta hace pocos años, España vivió durante siglos casi completamente cerrada a flujos inmigratorios. En el periodo subsiguiente solo fuimos conquistados una vez (por la Francia napoleónica), sin que ello supusiera inmigración civil alguna. Hubo, sí, siempre un cierto goteo de individuos, principalmente europeos, que se instalaron en nuestro país (por ejemplo, numerosos comerciantes genoveses y venecianos en la Sevilla del siglo de Oro) pero, a afectos estadísticos, las cifras son irrelevantes.

Si sumamos el 5% de aporte genético debido a las emigraciones hasta el tiempo romano, más un 6% durante el período medieval, llegaremos a la cifra de que los españoles de hoy en día ( descontada la inmigración de los últimos años), somos en casi un 90% descendientes de aquellos lejanos antepasados celtas e iberos de hace tres mil años.

Sin duda, todas estas migraciones y colonizaciones descritas han resultado determinantes en definir la cultura, la lengua (salvo en el caso del vasco, por supuesto), la religión, las tradiciones y hasta la mentalidad de nuestro país, pero, si pudiéramos elaborar nuestro árbol genealógico hasta la historia mas lejana, nos sorprendería descubrir que la inmensa mayoría de nuestros antepasados ya poblaban estas tierras desde la Prehistoria.

Fotos: Luis Echanove
-------------------
(*) No me ocupo en absoluto de los judíos por dos razones: Primero, porque la mayor parte fueron expulsados por los Reyes Católicos, de modo que, pese a esa manida tendencia de tantos españoles a presuponer que por sus venas corre origen judío, lo cierto es tal cosa no es cierta. Hubo si, conversos que se quedaron, pero en realidad, los judíos peninsulares descendían en su mayoría de hispano-romanos convertidos a la religión de Moisés siglos antes, no de judíos procedentes de los antiguos reinos hebreos. Así pues, no cabe hablar en verdad de una sustancial emigración judía a la Península.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Ahora


Suena esa canción que te estremeció hace, no sé… quince, veinte años. Y ahora el efecto es el mismo: Se eriza tu piel, los ojos se tuercen. Quisieras bajarte de un tren y andar por campos de yerba. Quisieras arrugarte entre las sabanas y despertar en aquellos brazos, y caminar otra vez por esas calles, en otros sueños, en otras vidas…

Pero tu vida es ésta, bajo tu misma piel, y es ahora. Y escribes, y escribes como loco, contra la música que suena, como huyendo de ese ritmo que vuelve ceniza a esos quince o veinte años  desde entonces.

Escribes, escribes sin cesar por no escuchar, por no dejarte llevar de nuevo al lugar del que ya no podrás volver.


(Foto: Luis Echanove)

viernes, 9 de diciembre de 2011

Orgia de mulatas lesbianas praticando sexo

Esta entrada es solo un experimento: Busca comprobar que, empleando un titulo como el de arriba, puedo atraer algunos miles de visitantes extra al blog y elevar exponencialmente el numero de personas que acceden a el. Tal vez alguno de ellos, una vez superada la decepción al comprobar que el objetivo de su búsqueda le ha conducido al lugar erróneo, tenga la curiosidad de bucear en el mismo y leerlo. No olvidemos que, a fin de cuentas, uno escribe para ser leído (narcisismo puro y duro… aunque lo disfracemos de argumentos tales como 'si me lee mas gente podré compartir con mas personas mis ideas para cambiar el mundo').

He estado husmeando hoy en las estadísticas de visitas al blog (lectores: no temáis, vuestra identidad esta a salvo. Los únicos datos reflejados en los bonitos cuadros de colores que el proveedor del servicio ofrece se refieren a generalidades tales como número de visitas a cada entrada, país de origen de la visita o porcentaje de cada tipo de navegador utilizado), y esto es lo que he descubierto: La entrada mas vista, en los últimos 18 meses, es una llamada Frustraciones, con 814 visitas, y que habla sobre mi condición de escritor frustrado. Frustraciones, además bate el record de comentarios (veintiocho), aunque la mayor parte de son en realidad spans anunciando viagra, sitios eróticos, quesos franceses y clases de guitarra. No deja de resultar curioso que los anunciantes de tales productos se sientan atraídos por un titulo como 'frustraciones' a la hora de colgar sus comentarios de pega, los cuales, por otra parte, están casi completamente ausentes en las otras 375 entradas reunidas en el blog desde que lo comencé. Deduzco pues que la mayoría de los visitantes de esa entrada, más que interesarse por mis pajas mentales literarias buscaban, inocentemente, comprar camembert o mejorar su rendimiento en la cama. La entrada llamada Los Georgianos y el sexo' ocupa en tercer puesto en el ranking de más visitadas (280 personas) confirmándose con ello de nuevo aquello tan bien conocido por los expertos en publicidad de que las referencias eróticas atraen al público. El contenido de la entrada es de lo más inocente, así que supongo que la mayor parte de los lectores se sintieron bastante defraudados al leerla.

Si dejamos al margen estas desviaciones (es decir: gente que entró en el blog en realidad por error), las estadística de visitas se hace más razonable. Así, las entradas con títulos genéricos, como una llamada Armenia, han atraído también a muchos internautas, al igual que sucede con las de contenido político, como Acampados en el bipartidismo. Mas difícil de explicar resulta que otras con nombres tales como Gusanitos naranjas o Mermelada de mora provoquen bastante furor entre los erráticos visitantes del blog. También se observa una correlación entre la actualidad del momento y las visitas. Así, en la semana de elecciones en Nicaragua las varias entradas con referencias a dicho país acogieron un alto número de lectores.

El acceso al blog, a lo largo de los diferentes meses del año, es en general bastante uniforme, aunque en los meses de verano suele caer bastante sustancialmente. La cifra mas alta se produjo en octubre de este año, con 1,220 visitantes.

España es el país desde el que más se accede a Chota Chunga (más o menos un tercio de las visitas), seguido a distancia por Estados Unidos y los países latinoamericanos, lo cual parece bastante razonable dado que el blog esta escrito en castellano. Hay también numerosos visitantes de Bélgica, Georgia, Filipinas y otros varios países en los que cuento con amigos y conocidos. Mas chocante resulta el alto numero curiosos procedentes de Alemania (429 en los últimos meses) o Rusia, por ejemplo. La también frecuentes lecturas desde China y Vietnam supongo que hay que relacionarlas con los anuncios de viagra. En realidad hay visitantes desde prácticamente cualquier rincón del mundo, aunque sigo esperando aun algún navegante de San Marino, el Vaticano, Tuvalu o La isla de la Pasión (reconozco que esto ultimo va a resultar difícil, puesto que se encuentra deshabitada). A lo mejor, con lo de la orgia de mulatas del titulo, esta vez lo consigo.

(Foto: Luis Echanove)

jueves, 8 de diciembre de 2011

!!

En España presumimos siempre mucho de la letra ñ, que se ha convertido casi en marca de identidad de nuestro idioma. No en balde, la letra forma incluso parte del nombre de nuestro país, ha sido adoptada como símbolo por el Instituto Cervantes y fue objeto de una campaña política enconada para la defensa a ultranza de su inclusión obligatoria en los teclados de ordenador en venta en nuestro territorio nacional (aunque ello rompiera el concepto de mercado único europeo).

No tengo nada personal en contra de esta ardiente defensa de la entrañable ñ, aunque, a decir verdad, muchas veces nos hemos dejado llevar por una exageración innecesaria argumentando su supuesta enorme originalidad. En realidad casi todos los idiomas que utilizan el alfabeto latino cuentan con letras específicas para identificar sonidos exclusivos de tales lenguas. Tal es el caso de la Ç francesa y catalana o de la Ø nórdica, pero también de muchos otros símbolos que, aun formando parte del alfabeto latino empleado en ciertos países, resultan mucho menos conocidos para nosotros, tales como la Ɵ vietnamita o la del irlandés. En realidad, existen más de 40 de tales letras empleadas en versiones 'extendidas' del alfabeto latino. Muchas de ellas se construyen a partir de alguna de los grafemas habituales, normalmente colocando puntitos o rayas bajo, sobre o en medio de ellos, o bien modificando su orientación (ese es el caso de la Ɔ del maya). A veces el símbolo empleado nada tiene que ver con las usuales letras latinas, como ocurre con la estrambótica ǂ de varios alfabetos de idiomas africanos.

La tan manida originalidad de la ene con sombrero queda puesta en tela de juicio si tenemos en cuenta que por ejemplo en polaco se utiliza la letra ń para indicar exactamente el mismo sonido que el de nuestra querida eñe, y que en checo y eslovaco se emplea el muy parecido símbolo ň.

Por otra parte, la ñ ni siquiera es exclusiva del idioma español. También se emplea en el chamorro (hablado en la isla de Guam), el tagalo, el aymara y decenas más de lenguas cuyo alfabeto se conformó bajo la influencia de nuestro, y también en algunos otros donde fue adoptada de forma absolutamente independiente, como en el caso del senegalés wolof, el tártaro de Crimea o varias lenguas aborígenes de Australia.

Mi curiosidad por las rarezas minoritarias, que a veces puede llegar a resultar enfermiza, me ha llevado a preguntarme (y después a investigar), cual es la letra del alfabeto latino verdaderamente más extraña y original, y, a la vez, menos utilizada. Me he topado con la siguiente rareza:!! (esto es: dos letras ele seguidas, cada una con una marca diacrítica en forma de punto inferior). Su aspecto, ya de por sí, no podría resultar más extravagante. Es casi idéntica a un signo de exclamación repetido, y, no obstante, indica un sonido concreto. Para mayor intríngulis, solo es utilizada en el alfabeto de un único idioma en todo el mundo, hablado por unos pocos miles de personas y en el que apenas se escriben textos. Además, se usa exclusivamente para indicar un sonido dialectal infrecuentemente utilizado (el sonido, en terminología técnica, es un fonema lateral palatal). Todo ello la convierte, más que probablemente, en la letra del alfabeto latino menos utilizada en el mundo.

!! es una de las 24 letras del alfabeto asturiano.

(Foto: Espinareu, Asturias. Luis Echanove)

lunes, 5 de diciembre de 2011

Llegar, al fin

Guerrero del amor, hijo de este tiempo, remolino, pobre niño parido en la montaña, para llegar al fin a la victoria
(Duo Guardabarranco)

Aquí están, los recuerdos
esperando a salir volando
con la espita de la música
abriendo de par en par
las puertas al cielo azul inmenso.

Y van brotando en aluvión:
la sonrisa de una campesina en la montaña,
los acordes de una guitarra
en aquel café de las veladas largas,
el rugir de las olas batiendo
las arenas del Pacifico.
El calor empalagoso de la ciudad
al mediodía.

La esperanza ahora muerta,
el muñón de la herida
del guerrero,
la pobreza ilimitada,
y los niños jugando
a ser libres en el basurero.

Los recuerdos corren
ahora sueltos
por esta fría mañana
de un invierno, en otro lugar,
en otro tiempo.

(Foto: Granada, Nicaragua. Luis Echanove)

viernes, 2 de diciembre de 2011

Sobre el escritorio

Un manto de luz eléctrica
tiñe la mesa sobre la cual escribo.
Los objetos se derraman
descolocados, durmiendo
su sueño inerte:
Una caja con bolígrafos,
dos billetes, tres monedas,
una bola del mundo giratoria
y el paquete de tabaco.
Todo en su sitio,
como colocado al azar
hace milenios.

Las líneas falsamente paralelas
de la fornica muerta
trazan rieles imposibles,
que a veces chocan
en nudos pequeños.

Permito yo a mi pluma
deslizarse sobre el cuaderno
libremente;
tal vez por escuchar
el sonido ronco de sus trazos,
o mas bien
para darme la disculpa
de mirar de vez en cuando,
a hurtadillas,
a esta mesa,
con sus objetos
ordenados en el desorden.
Todo en su sitio,
desde que el mundo es mundo.
Todo esperando un final imposible.

Que nadie toque las monedas,
ni fume nadie esos cigarrillos.
Que la bola giratoria no de más vueltas.

(Foto: Luis Echanove)

Bajo los planetas

Tres estrellas alineadas
se asoman entre las nubes
en una noche silenciosa;
(aunque dentro, en la habitación,
el calefactor emite su sonido familiar).

Acaba el día sobre la ciudad
atrapada entre montañas.
Yo miro a esas estrellas
y pienso en sus planetas lejanos,
que no veo, a lo lejos,
al fondo del cielo oscuro,
allí donde las montañas,
las ciudades, las nubes
y mi habitación desaparecen
en un torrente de silencio.

(Foto: Luis Echanove)

jueves, 1 de diciembre de 2011

Versos contra el tiempo (y 4)



Siempre supiste
que las palabras
tienen vida;
pero sólo ahora comprendes
que cada vez que hablas,
mueres un poco.

(Foto: Luis Echanove)

Versos contra el tiempo (3)


Aquello que dejaste atrás
eras tu mismo.
Por eso ahora te reconforta
el recuerdo de aquel verano,
cuando los días
transcurrían sin reloj.

(Foto: Ignacio Huerga)

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Versos contra el tiempo (2)


En un día largo
cuando las cosas suceden
unas tras otras
sin que nos demos cuenta,

a veces un segundo
se eterniza: Como hoy,
mirando la nieve
en la montaña.

Me acuesto y no retengo
en la memoria
ninguna de esas palabras
(tan importantes),
ni el informe escrito,
ni el programe visto
o la conversación rota.

Pero guardo, sí, ese segundo,
larguísimo, blanco y salpicado
de sombras, vientos y abetos jóvenes.

Es un segundo fresco, limpio
como el azul del mar;
dócil, como unos ojos alegres
que ocultan cierta tristeza.

(Foto: Luis Echanove)


Versos contra el tiempo (1)

Cuanto tiempo ha de pasar
para que yo comprenda
que el tiempo no pasa,
que nada acontece,
y que, suceder, es un verbo transitivo,
vaporoso, ilimitado
como en cielo en un día de nubes rasas.

Cuanto tiempo ha de pasar
para que yo comprenda
que era en los detalles
(esa yerba retozando en la mediana)
y no en la ruta donde se escondía
ese secreto enorme que me punza.

Espero aun ese día, elusivo, intangible,
cuando al fin el tiempo, volteándose de pronto,
se encare conmigo y me confiese:
'No existo; deja ya de buscarme;
¿no comprendes?'

Y mientras, a veces desconfiado,
aún ando tras él, sin ver jamás su rostro,
sino sólo el perfil romo de su espalda huidiza
doblando las esquinas con desgana inmensa.

Cuanto tiempo ha de pasar
para que yo comprenda
que el tiempo no pasa.


(Foto: Luis Echanove)

viernes, 25 de noviembre de 2011

Partido Unico


En las recientes elecciones generales, en Murcia el PP obtuvo el 64% de los votos y el PSOE el 21%. Es decir: más de tres veces más (!!!). Esto la convierte no solo en la provincia de España con mayor porcentaje de votos al PP, sino también, y me juego un brazo, en la zona de Europa con una diferencia más abultada entre el primer y el segundo partido, en unas eleccione...s generales, desde la Segunda Guerra Mundial. Virtualmente esto coloca a Murcia en situación de casi partido único. En cualquier otro país de Europa Occidental un resultado así seria simplemente inverosímil.

Ni siquiera el PSOE de Felipe obtuvo jamás resultados tan bestiales en Sevilla y otros de sus graneros electorales, o el PP en la Galicia rural, por mencionar algunos ejemplos de cuasi monopolio absoluto del voto por parte de los grandes partidos en algunas zonas.

Otro ejemplo del fenómeno al que me refiero: En Marquina, el pueblo natal de mi padre, el 95% de los votantes optaron por opciones nacionalistas (Amaiur o PNV)…vamos, un porcentaje tipo referendum organizado por Quim Il Sung en Corea del Norte.

Yo nunca había visto unos resultados así en una democracia del mundo desarrollado. Tales diferencias son frecuentes en democracias débiles (como en Georgia) o en países subdesarrollados y con poca tradición democrática. Más allá de otros análisis, uno debe preguntarse cual es la madurez democrática de algunas regiones españolas para que se produzca una inclinación tan masiva del voto a una opción política determinada en exclusiva.

Llevamos 30 años de democracia a las espaldas, pero, mucho me temo, todavía nos queda un enorme recorrido por recorrer…

Democracia es sinónimo de pluralismo y balances de poder.

(Foto: Luis Echanove)

Análisis de los resultados electorales

Como ya todos los tertulianos del mundo mundial han comentado los resultados de los partidos mas votados, yo me voy a dedicar a los que menos apoyo han recabado, lo cual me parece muchísimo mas interesante.

Los tres partidos que menos votos han obtenido en las elecciones generales de ayer han sido Derecha Navarra y Española, que no ha logrado ni un solo voto (lo cual, dicho sea de paso, es bastante meritorio… ni siquiera se ha votado a sí misma su candidata), Socialistas por Teruel (165 votos) e Higiene Democrática (197 votos).

Me alegra, eso si, saber que el Partido Regionalista por Andalucía Oriental –PRAO- ha logrado 2,843 votos. Desconozco porque no hay otro partido semejante pero para los de Andalucía Occidental. El partido SAIN, cuyo principal punto programático es erradicar el hambre en el mundo (aunque no explican como lo harían) ha sumado 6,646 votos.

(Foto Luis Echanove)

Tierra Media

Me ha dado cuenta de que el Señor de los Anillos es en realidad una metáfora del Estado de Las Autonomías. Los hobbits son claramente abertzales. Su vasquidad está fuera de toda duda: Dan claramente el fenotipo, no hay más que ver las orejas enormes que tienen y un ansia constante de comer mucho. La Comarca, que es el país en donde viven, está salpicada de caseríos. Además, viven obsesionados con las tradiciones. Por otro lado, la irresistible atracción hacia el mal y su actitud finalmente cobarde los caracterizan como simpatizantes de Amaiur.

Los elfos representan a los catalanes: Son postmodernos, tienen mucho de sentido común y siempre salen ganando. Los enanos sin duda constituyen una metáfora de los asturianos: Son mineros, viven en las montañas y recuerdan vagamente con su actitud enfurruñada a Álvarez Cascos. La criatura Golún es andaluza: se busca la vida como puede, aunque básicamente trabaja como peonero para Frodo. Gondor, el país de los humanos, es Castilla, con su ambientación medieval y austera, sus fortalezas, etc.

Los orcos aluden a los emigrantes (ya se sabe que Tolkien era un poco fascistoide): siempre llegando en masa, dedicados a trabajos malamente remunerados, sin cualificaciones adecuadas y con enormes problemas de integración.

El mago Gandalf personifica al Estado Central: Intenta llevarse bien con todo el mundo pero al final hace lo que le da la gana. Los caballeros sin rostro encarnan el poder omnipresente pero anónimo de la Unión Europa.

Prefiero no pronunciarme sobre quien representa a la monarquía para que no me apliquen la legislación sobre injurias a las Corona.

Post escriptum: Los valencianos, en cambio, parece que están ausentes del Señor de los Anillos. Puede ser debido a que ya tuvieron un destacado protagonismo en la Guerra de las Galaxias, a saber: la princesa Leia estilaba peinado de fallera (o de Dama de Elche, que es más o menos igual); las naves espaciales tenían mas luces de colores que una discoteca de Benidorm y los disparos luminosos en las batallas evocaban claramente a la mascletá.

(Foto: Luis Echanove)

Soledad (2)

A mi padre

Navegas en busca del crepúsculo, escondido en el mar que llevas dentro. Sabes bien que, bajo las olas, un mundo frío y distante te arropa. Miras al frente, como entreviendo la línea distante de un horizonte apenas dibujado entre las brumas.

Solo, sí, porque aunque hables, aunque grites, aunque ores, nadie responderá a tus palabras, ni recibirá tus gritos, ni escuchara tus plegarias.

Sólo en tu barca, atrapado en un océano inabarcable de espumas caprichosas y preguntas sin respuesta.

(Foto: Luis Echanove)

Soledad (1)

A mi padre
Estaba solo, escondido en sur recuerdos, rebuscando una llama que le quemase por dentro y le devolviera la imagen difundiéndose. Que horrible cuando se borra el rostro en la mente, cuando ni el pálido reflejo de sus facciones deja ya su huella en la memoria. ¿Como eran pues esos ojos que tantas veces había contemplado concentrado? ¿Como sus cejas tenues, como sus labios delgados? Retener, retener por un segundo más ese rostro en la cabeza, y el tacto de sus manos, y la calidez de su sonrisa….retener ese atisbo final antes de que muriera, muriera otra vez.

(Foto: Luis Echanove)

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Apofis

Está bien mirar el agua del lago. Es calma, de un tono azul uniforme que dan ganas de tocar. Unas ondas ligeras rompen miedosas contra el barro de la rivera. Me gusta el mar, pero también me gusta el lago. Puestos a esperar el fin en algún sitio, pensé que aquí, junto a la quietud de estas aguas primordiales, encontraría cierta serenidad frente a tanto desasosiego que me rodea. Miro al lago tranquilo, completamente impasible.

Antes o después un chapoteo impredecible brotará de este lago quieto y dejará ver su fondo de lodos secretos. Y eso aguardo yo aquí, tranquilamente.

El cielo va cobrando un tono anaranjado, como en un amanecer demasiado largo. El sonido seco de algo que se aproxima hace huir a los pájaros de las ramas. El ruido crece. Ahora es ensordecedor, como el rugido espantoso del dragón de un cuento. Las aguas del lago vibran solas, aturdidas ante el grito imposible que viene de arriba. Alzo la vista, no puedo resistirme. Un punto negro corona el cielo. Mirándolo a ojo desnudo uno no puede apercibe de su movimiento. Vuelvo la cabeza al lago otra vez, la última vez. Quedan pocos segundos, lo sé.

(Foto: Nacho Huerga)------------------------------
(99942) Apofis es un asteroide Atón, con una órbita próxima a la de la Tierra. Según los datos de la NASA, Apophis pasará muy cerca de la Tierra en 2029 y 2036, y una pequeña colisión con otro asteroide podría desviarlo hacia nuestro planeta, donde produciría un efecto superior al de 40.000 bombas atómicas (Wikipedia).

Balas blancas para la oveja negra

Pretendes hacerme creer que nada ha cambiado, aunque sabes bien que no es cierto. Me dijiste una vez que, para escribir un cuento, basta arrancar con una frase inicial, aunque no hayas decidido antes el final ni el argumento de tu historia. Y yo te creí, te creí como siempre te he creído: porque ofreces confianza cuando hablas, porque sonríes cándidamente cuando escuchas y porque, al caminar, nunca te tropiezas. Pero, ¿sabes? He comenzado a darme cuenta de que, en realidad, tropezarse en el camino no importa tanto. Y algo ha cambiado, sí, aunque seas incapaz de demostrarme que también tú te has dado cuenta de ello. Por eso te escribo esto, por eso me voy sola a los bosques, en tu coche nuevo. Y algo sí te prometo, y esta vez lo cumpliré: Si quieres encontrarme, escribe antes un cuento con principio y con argumento, aunque no tenga fin.



(Foto: Nacho Huerga)

jueves, 20 de octubre de 2011

Las diferencias cuentan

Es curioso que, aunque el mundo parezca cada vez mas uniforme y las diferencias culturales se vayan diluyendo en el magma de la globalización, los humanos sigamos siendo tan variados en el modo como desarrollamos tareas extremadamente cotidianas. Puede que todos comamos hamburguesas y bebamos coca cola de vez en cuando, peor lo cierto es engullimos tales productos a horas distintas, porque el horario de almuerzo en los diferentes países del mundo sigue presentando enormes discrepancias. En una entrada reciente de este blog analicé con exhaustivo detalle el enorme espectro de sistemas de taxi que funcionan en las diferentes ciudades del planeta. Hoy me ocuparé de algo todavía más cotidiano: el modo como los humanos contamos con los dedos.

La práctica de indicar cifras utilizando los dedos de las manos es por supuesto universal. Lo que cambia, y de una manera muy notable, es como desarrollamos esta tarea tan simple. Llevo años observando este fenómeno y nunca deja de sorprenderme: Aunque se trate de una tarea tan básica y antigua en la historia humana, en cada lugar se hace de un modo diferente.

En España, así como en los países anglosajones, comenzamos a contar alzando primero el dedo índice, luego seguimos hasta el meñique y finalmente, solo levantamos el pulgar cuando llegamos al numero cinco. En cambio, en Alemania y Francia se comienza por el pulgar (lo cual, a primera vista, parece bastante mas razonable). Estas diferencias, por supuesto, pueden inducir a muchas confusiones: Un español en un bar de Berlín que quiera pedir dos cafés seguramente extenderá los dedos índice y corazón, pero es probable que el camarero interprete que está pidiendo tres, dado que, para él, el hecho de erguir el dedo corazón se asocia al numero tres.

Cuando vivía en Filipinas observé que allí las cuentas se inician por el meñique, osea, al revés que en Europa. Si quieres indicar por ejemplo, el numero dos, levantas el meñique y el anular, manteniendo, los otros tres dedos doblados – lo cual no es siempre una tarea sencilla.

En el Este de Europa, y por lo que recuerdo también en Japón, en lugar de levantar los dedos de uno en uno para contar, se comienza con la palma de la mano extendida y después se van doblando las falanges hacia adentro de una en una según se cuenta. En China, para enumerar del seis al diez, en vez de utilizar las dos manos, se sigue usando solo una, trazando ciertas figuras con los dedos para simbolizar los números superiores a cinco.

Todavía no me he encontrado ninguna cultura que cuente con los dedos de los pies, pero tiempo al tiempo.



(Foto: Luis Echanove)

La próxima vez que viajéis y estéis de compras en un mercado, en lugar de preocuparos mucho con regatear para bajar el precio de los productos, dedicaros a observar como indica el vendedor los números con las manos. Tal vez terminéis arruinados, para comprobaréis lo diverso que el mundo sigue siendo.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Nomenclator urbano

Dar nombres a las calles no es una tarea nada sencilla. Entraña una enorme responsabilidad. Una vez asignada una denominación, y salvo ciertos casos de cambios de nomenclatura por razones políticas, la calle quedará con ese nombre para siempre. Esto a veces conduce a la paradójica situación de que, los nombres de personas que de otro modo habrían caído en el más ominoso anonimato de la historia, permanezcan vivos en el día a día de las generaciones posteriores.

En muchos barrios de Madrid, por ejemplo, la mayor parte de las vías públicas están dedicadas a ilustres personajes políticos del siglo XIX, etapa en la que la ciudad sufrió un inusitado crecimiento debido a la urbanización de su Ensanche. Algunas de estas personalidades detentaron puestos de relevancia y jugaron un papel crucial en la historia española del momento, tales como Serrano, Espartero (el Príncipe de Vergara) o Sagasta. Estos políticos ocuparían un lugar en los libros escolares de historia (y por tanto en la memoria colectiva) aunque ninguna calle los honrase. No obstante, junto a esta pandilla de personajes (mas que todo generales golpistas), hay además una pléyade de sujetos secundarios en la vida política decimonónica que, sin embargo, se las arreglaron para dar nombre a alguna vía de la ciudad. Arguelles, por ejemplo, fue un simple ministro de Gobernación en el gobierno de Riego; Alberto Aguilera, un gobernador civil en varias provincias en tiempos de Amadeo I y María Cristina; Donoso Cortés, el diputado por Badajoz en época de Espartero. Si la nomenclatura urbana respondiese a criterios objetivos, estas calles madrileñas estarían dedicadas a personajes de alta significación histórica, no a tipos de relativa poca monta como estos.

Pero las calles no siempre son bautizadas en honor a personas. Muchas, sobre todo en los cascos históricos de las ciudades, conservan nombres maravillosos de origen muy antiguo, en referencia, por ejemplo, al oficio que en ellas se practicaba o alguna característica, anécdota o suceso que en ellas aconteció. Hoy por hoy, aplicar tales criterios para designar nuevas vías públicas provocaría encendidas polémicas. Por ejemplo, llamar oficialmente 'cuesta de los Chinos' a una vía en una zona de concentración de comercio minorista de origen oriental, o designar como 'glorieta del Bombazo' o alguna plaza en la que haya tenido lugar un atentado resultaría ridículo, cuando no manifiestamente ofensivo a la mentalidad actual.

Hay, no obstante, modos de evitar todos los problemas anteriores, simplificando sobremanera el asunto: El mismo amigo que me envió la foto de los indagados con Comic Sans, objeto de la entradilla anterior de este blog, me informa que Buiza del Gordón, (entidad menor de la provincia de León) cuenta con una vía denominada calle de la calle. He comprobado el dato en Google Maps y, efectivamente, tal es el caso. Se trata de hecho de la calle principal de la población.

No se si el alcalde y los ciudadanos de Buiza del Gordón son plenamente conscientes de la trascendencia de este hecho: designar a una calle con el nombre de 'calle' no es ya solo un soberbio caso de pensamiento tautológico y un ejemplo notable de lógica circular, es además un indicio de genialidad mayúscula, con concomitancias filosóficas interesantísimas y, si se me permite, alusiva incluso a las nociones de la física quántica mas avanzada y a la Teoría de las Súper Cuerdas.

Yo, si pediera elegir, sin duda preferiría habitar en la calle de la calle antes que, pongamos por caso, en la corredera de Ana Botella, el pasaje de Leire Pajin, o en el boulevard de Cayo Lara.



(Dibujos a tinta de Ignacio Huerga)

Indignación tipográfica

Un amigo me ha enviado la foto de una chica alzando una pancarta durante la última manifestación de los indignados en Madrid. La pancarta –una simple cartulina verde de esas que usábamos para hacer trabajos escolares en nuestra infancia- reza: 'Estos políticos son como Comic Sans'. Ya había leído antes numerosos lemas extremadamente creativos producidos por estos ilusionados e ilusionantes jóvenes, pero éste me parece insuperable.

Comic Sans es una popular tipografía digital que, según Wikipedia, fue 'diseñada (por Microsoft) para imitar las letras de un cómic para situaciones informales'. Se trata, efectivamente, de una burda imitación de la caligrafía manual, con un toque pretendidamente juvenil (o incluso infantiloide) que busca resultar 'simpática' y cercana pero, como no podía ser de otro modo, al final logra el efecto exactamente opuesto. Un texto escrito utilizando Comic Sans es repelente a la vista, desincentiva la lectura y genera en el lector (o al menos, en mí) una cierta desazón interior: te sientes, al leerlo, como si te tomasen por tonto. No importa cuan interesante sea lo escrito; la forzada informalidad de Comic Sans te hace chirriar las neuronas hasta el punto de desinteresarte por el contenido del texto.

No he consultado aun con mi hermano, que es diseñador grafico, cual es su opinión profesional sobre esta tipografía, así que me remito de nuevo a la sapiencia de Wikipedia para buscar fundamento técnico a mi juicio de valor. Dice la maravillosa enciclopedia internáutica que 'algunos diseñadores de tipografías han afirmado que (Comic Sans) está pobremente dibujada ya que se le ha dado el mismo peso a las bajadas y a las horizontales, y poco al interletraje entre pares de caracteres, eliminando todas las características informales de la verdadera escritura a mano alzada'.

Eso mismo es, precisamente, lo que les sucede a los políticos: Ellos, con su acartonado discurso, también eliminan las características informales de los verdaderos debates públicos y de la realidad de la calle. Los políticos, como la Comic Sans, también nos toman por tontos, ofreciéndonos una versión distorsionada y falseada de la vida.

El día a día en realidad se escribe con la frescura de la escritura a mano alzaza, y no por medio de afectados caracteres imitativos. Las inquietudes de los ciudadanos, sus anhelos y esperanzas, habitan en el interletraje, ese breve espacio entre las letras en el cual reside el secreto de la verdadera tipografía…y de la vida misma.

(Foto: Ignacio Huerga)---------------------
Post escriptum: Elaborando más en la metáfora, valga recordar que en algunas versiones de Comic Sans el símbolo del euro (€) incluye en su terminal superior una suerte de cabeza de serpiente, con un ojo claramente dibujado (http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Euro-comic-sans.png). Me sorprende que todavía no se haya desarrollado ninguna teoría conspirativa en base a este hecho.

martes, 11 de octubre de 2011

Manzanas de caramelo

Cuando yo era niño, todos los días, al mediodía, un hombre algo cheposo, entrecano, muy anciano (o eso me parecía a mi; tal vez tenía menos de cincuenta años) y vestido con batín blanco vendía manzanas dulces a las puertas de mi colegio. Las frutas, bañadas en caramelo rojo y pinchadas en un largo y delgado palito, a modo de chupa-chups gigantes, colgaban de una especie de pértiga de madera que el buen señor asía cansinamente. A veces, además de las manzanas dulces, también dispensaba enormes piruletas del mismo caramelo bermejo. Ofrecía siempre los dulces trazando una sonrisa amplia en su rostro arrugado. Para darte el vuelto, rebuscaba las monedas con calma en el gran bolsillo de su bata de barbero.

Con doce o trece años cambié de cole y, para mi sorpresa, en seguida descubrí que el hombre del batín blanco también brindaba sus sabrosas manzanas, exactamente a la misma hora que antes, pero ahora a la entrada de mi nuevo centro escolar. Pensé en un principio que el vendedor también había cambiado de colegio, pero mis nuevos compañeros de clase me informaron que aquel tipo llevaba toda la vida vendiendo sus dulces también allí. No di más importancia al asunto. Tal vez el misterioso sujeto era capaz de estar en dos sitios a la vez. Cuando eres niño tales cosas no te resultan del todo inverosímiles.

Mucho tiempo después, cuando yo ya estudiaba en la Universidad, charlando en el bar de la Facultad, alguien mencionó al vendedor de manzanas dulces que diariamente acudía al colegio de su infancia al mediodía. Le pedí una descripción del sujeto; no cabía duda, se trataba del mismo hombre a quien tantas manzanas dulces yo había también comprado siendo un crío. Desde entonces decidí preguntar por el jorobado de las manzanas de caramelo a otros amigos que habían estudiado en escuelas diferentes. La respuesta era invariablemente la misma: Sí, aquel venerable anciano de las manzanas y las piruletas también ofrecía sus productos en los centros de enseñanza donde ellos habían estudiado.

Tentado estuve más de una vez de acercarme a algún colegio para verificar si el tipo seguía aún ejerciendo el mismo oficio y preguntarle como se las arreglaba para hacerse presente en todos los centros de primaria de mi ciudad a la misma hora; pero deseché la idea. Probablemente la imposición de estrictas reglas de higiene alimentaria consecuencia de nuestra entrada en la Unión Europa, así como la prohibición de la venta ambulante por parte de las autoridades municipales habrían sin duda dado al traste con el negocio de aquel hombre desde hacia mucho tiempo.

Ayer mi hijo de seis años llegó a casa con los carrillos manchados de caramelo rojo. Me contó que un hombre algo cheposo, entrecano, muy anciano y vestido con batín blanco había comenzado vender manzanas dulces a las puertas de su colegio.

(Foto: Ignacio Huerga)

viernes, 7 de octubre de 2011

Curso básico de taxicología elemental

Primer nivel: Nociones básicas y modalidades (*)


En este mundo tan uniformado de hoy en día, cuando las ciudades cada vez se parecen más unas a otras y los escasos márgenes de diferencia son artificialmente agigantados para parecer que todo sigue siendo muy diverso y 'autentico', persisten, no obstante, algunas disimilitudes en las que pocas veces reparamos.

Un ejemplo claro de ello es el modo como el sistema de transporte en taxi funciona en las diferentes urbes del planeta. Pareciera que, un servicio tan simple y universal -alquilar en la calle y sobre la marcha un coche con conductor para realizar un trayecto corto(**)-, debería responder a unos ciertos principios comunes y universalmente admitidos. Nada más lejos de la realidad: cuando viajas a un lugar por vez primera y te subes a un taxi, estas iniciando una aventura novedosa cuyas reglas desconoces por completo, por más que hayas tomado miles de taxis en otros países.

Hoy en día que casi todo es objeto del estudio de la ciencia, se haría preciso desarrollar una nueva disciplina del conocimiento, a la que provisionalmente daremos el nombre de taxicología, consistente en analizar el sistema de funcionamiento de este servicio en las diferentes ciudades y países. Espero con expectación el día en que se establezca un Centro de Estudios Taxicológicos para el cultivo de este importante campo del saber.

Una obvia primera distinción que podemos establecer a la hora de analizar al detalle el funcionamiento del régimen de transporte en taxi es aquella que se da entre ciudades en las cuales sólo resulta posible parar un taxi circulando por la calle (como por ejemplo en Ramala), y aquellas otras en las cuales únicamente podemos subir a un taxi que se encuentre estacionado en ciertas paradas establecidas específicamente al efecto (como en Bruselas). En las más de las ciudades (verbigracia, en las de España), ambas opciones son posibles y funcionan de modo simultáneo.

El segundo gran aspecto diferenciador se refiere a la determinación de monto a pagar por el servicio. En casi todos los países desarrollados los taxis cuentan con un artilugio (llamado taxímetro) conforme al cual se fija el precio. No obstante, en unos sitios el taxímetro establece el coste de la prestación en función de la duración del trayecto, y en otros en proporción a la distancia que recorremos. Finalmente, hay toda una larga lista de ciudades del mundo (Manila, por ejemplo), en las cuales el taxímetro juega una función puramente simbólica: existe, pero el taxista no lo enciende, así que te ves obligado a negociar el precio una vez ya estás dentro del vehiculo. Más común es el caso de las poblaciones en las cuales los taxis, simplemente, carecen de tal aparatillo, de modo que desde el principio sabes que te tocará preguntar cuanto va a costarte la carrera. Dentro de esta última modalidad, podemos a su vez diferenciar entre al menos tres subcategorías diferentes: (1) el modelo regateo, conforme al cual el conductor te propone una cifra desorbitada y tu debes negociarla a la baja (como en Estambul); (2) el sistema de precio verbal no negociable, según el cual el tipo te dice el precio que te ve a suponer llevarte a donde propones, y tú lo tomas o lo dejas, pero no puedes pedir una reducción (como en Bangkok), y (3) la modalidad de tarifa plana y universal para cualquier trayecto (vayas donde vayas te cuesta siempre lo mismo), que, hasta donde yo conozco, solo existe en Tiflis.

Las diferencias no se limitar a lo descrito. Otra importante clasificación a realizar es la que se establece entre ciudades donde los taxis brindan un servicio exclusivo a un solo cliente o grupo de clientes que entre sí se conocen (que es lo habitual en casi todas partes del mundo), y esos otros lugares en los cuales el taxista va recogiendo gente diferente por el camino, dejando luego a cada quien en el lugar solicitado (Managua es el paradigma de esta modalidad).

No quiero aburrir a los lectores con sucesivas clasificaciones, así que me limitaré a añadir una más: La distinción entre ciudades donde al taxista se le presupone un conocimiento más o menos exhaustivo del callejero de la ciudad (o, en su defecto, cuenta con un GPS), y esas otras donde quien debe indicar al conductor como llegar al destino es en realidad el cliente (como en Bakú).

Viajar ya no es lo que era. La comida rápida está matando la diversidad gastronómica del planeta; la arquitectura moderna es más o menos igual en todas partes; las grandes cadenas hoteleras nos hacen sentirnos en la misma habitación de hotel estemos donde estemos. Sólo al subirnos a un taxi y descubrir las peculiaridades locales del servicio disfrutamos por un instante de ese exotismo que siempre buscamos al emprender un viaje…. aunque la sensación dura poco: Aún en el ultimo rincón de la Tierra, antes o después el chofer nos preguntará de qué país somos y, tras nuestra respuesta, invariablemente, llegará siempre la misma fatídica interpelación: 'Real Madrid or Barcelona?' y nuestro sueño de exotismo se desvanecerá para siempre, apresado otra vez en la tupida red de la globalización.




Fotos: Ildefonso Bellón (superior) e Ignacio Huerga (inferior)
--------------------
Notas:
(*) Los niveles 2 ('Conocimientos esenciales para la conversación con taxistas') y 3 ('Resolución de problemas en el trayecto: Perderse, precios abusivos y otras incidencias') del curso básico no se presentarán en forma de entradillas sucesivas en este blog. Estarán algún día disponibles en la Web www.cursobasicodetaxicologia.org.

(**) Por razones de economía de espacio hemos excluido de este análisis topologías diferentes a la de vehiculo automotor de cuatro ruedas de tracción mecánica, tales como motocarros y semejares (tuk tuks y otras variantes); carritos de tracción manual ciclística (riksaws) u otros medios de transporte que realizan labores equivalentes a las de los taxis.

miércoles, 5 de octubre de 2011

La conspiración de los justos

Basta un instante para darse cuenta: Conoces a alguien por vez primera, y, en una fracción de segundo sientes algo intuitivo dentro de ti que te hace ver tu grado de afinidad con esa persona. No hace falta ni hablar. Goethe escribió una maravillosa novela sobre ese asunto (Las Afinidades Electivas). Desgraciadamente, a veces los miedos, los prejuicios o la pereza se interponen en el camino y no te dejas guiar por esa inicial percepción. En esos casos, llega algo de más tiempo el reajuste.

Siempre me ha fascinado que exista cierta magia inmediata en la relación que uno establece con ciertas personas, y en cambio con otras no. En el trabajo lo noto constantemente. Con aquellos que comparto ésa forma de complicidad subconsciente, siempre sé que, más allá de las diferencias circunstanciales, puedo navegar con ellos en la misma dirección, y tejer redes, y hacer volar sueños que, al final, pueden llegar a cumplirse. Si tuviera que expresar en palabras que es lo que define a aquellos ante los cuales presiento esa empatía , diría que es la certeza de que actúan en base a sus principios y no guiados por salvar su cara o por algún otro interés mezquino.

Pienso a veces que se puede trazar una red con todas esas personas con las cuales compartimos tal sensación. Junto a ellos todas las dificultades son superables. Son aquellos que, en lugar de inventarse problemas buscan solucionarlos y que viven en la certeza de que, fuera de ellos mismos y de su inmediato interés, hay algo más grande e importante por lo que merece la pena vivir.

Están también, claro, esos otros para los cuales la vida consiste más que todo en no asumir responsabilidades, en mirar a otro lado y en, por encima de todo, evitar a toda costa mojarse.

La responsabilidad en los problemas del mundo nos corresponde en alguna medida a todos pero, mucho me temo, esa carga de culpa no esta simétricamente repartida: sorprende cuanto daño hacen a veces unos pocos, y cuanto bien, también, otros pocos pueden llegar a generar en su entorno.

Lo interesante del asunto es que, esa felicidad radiante que se siente cuando actúas guiado por aquello en lo que crees, y no por medrar a costa de los otros, es tan grande que te sigue empujando en la misma dirección siempre: la de seguir sin cesar buscando aliados en esa causa inmensa de luchar por la justicia. Y justicia, para mi, significa solamente una cosa: que nadie sea instrumento ni victima de los fines de otro.

(Foto: Ignacio Huerga)

martes, 4 de octubre de 2011

Cinco minutos

Apenas cinco minutos para escribir una entrada de blog…después he de partir a una reunión con la Agencia Georgiana de Alimentación para discutir los términos de nuestro apoyo. He escrito erróneamente 'discurrir' en lugar de 'discutir' y eso me hace recordar a mi abuela. Ella siempre usaba el termino 'discurrir' en lugar de 'pensar'. Entre tanto he abierto un video de Youtube y escucho una vieja canción de Ricardo Arjona, con esperanza de que tranquilice mis neuronas o al menos dome mi atolondramiento, ayudándome a redactar algo coherente.

Cuatro minutos ahora, o tal vez menos, y aun no he logrado narrar nada con contenido. El tiempo vuela; sí, vuela sobre el cielo azul de una tarde que ha arrancado envuelta de sol. Pero yo, en cambio, permanezco aquí en tierra, lejos del tiempo que siempre parte lejos, como quien ha llegado tarde al aeropuerto y aun no sabe si reír, llorar o buscar otro avión.

Tres minutos. La canción no ha terminado todavía. El tipo musita, con voz quejosa: 'la chica es de clase muy sencilla'…el español de America Latina seduce a los oídos de los peninsulares. Esto de escuchar música que trae recuerdos es peligroso: Cualquier día dejaré de saber a que momento de ese tiempo volador estoy asido.

Dos minutos. Me acerco al peligroso santiamén de la recta final, cuando el corazón se acelera, todo apremia y ya no quedan más alternativas que correr a la desesperada. Entre tanto, mi entrada de blog no da visos de aparecer por parte alguna.

Un minuto. Sigue la música, a la que ahora comienzo a coger manía ('¿que es lo que hace un taxista seduciendo a la vida?', se pregunta Arjona, con cierto tono quedo). Escribir es como cazar capsulas de tiempo con un matamoscas: Al final puede que las atrapes, pero a costa de asesinarlas. Y ahí quedan, espachurradas, con las alas rotas, y ya sin navegar por el aire.

Cero minutos. El tiempo ha volado para siempre.

(Foto: Ignacio Huerga)

Lluvia de luz

La mañana se derrama sobre la ciudad, como una lluvia de luz y viento silbante. Olalla hace que lee un libro. Juanito dibuja un pistolero en una pequeña cuartilla. Llegará la hora de ducharse, y de comer, de tirarse pues al mundo (al mundo de los libros que sí se leen y de pistoleros de carne y hueso) y este breve instante, pequeño como el papel del dibujo, se disolverá para siempre.

(Foto: Ildefonso Bellón)

sábado, 1 de octubre de 2011

Prima de riesgo

-Está bien- dijo, pero sabía que mentía. No estaba bien, no. Casi nada estaba bien. De hecho, todo discurría tan rematadamente confuso que las diferencias entre “bien” y “mal”, o incluso entre “estar” y “no estar” comenzaban a carecer de importancia.

- Me alegro- respondió su contertulio, sabiendo también que mentía y que, alegrase o no ya no entraba entre sus prioridades.

Ambos tomaron asiento en sus respectivos despachos y prosiguieron enzarzados en la ardua tarea de descalificar la deuda soberana de algún pequeño país al que arruinar.

(Foto: Luis Echanove)

En algún lugar

A veces me dejo llevar por la melancolía. Cuando esa sensación coincide con unas ganas irrefrenables de escribir el resultado son textos como este.

Presiento que esa pulsión irresistible de quedar por un rato atrapado en la trama de los recuerdos tiene que ver con las circunstancias de mi propia infancia. Mi padre sufrió una trombosis cuando yo iba a cumplir nueve años. Toda mi niñez fue muy feliz pero, desde entonces, esa sensación de que perdí algo atrás (perdí el poder hablar o jugar con mi padre) me lleva de cuando en cuando a sentir que, en algún lugar de la vida ya vivida, se esconde algo que nunca podré recuperar.

Recordar, para mi, no es un sentimiento doloroso. Casi resulta reconfortante. Es como sumergirse en la felicidad pasada para, desde ella, vivir el ahora con fuerzas nuevas.

Esta mañana ese volver la vista atrás me ha conducido a una primavera de hace dieciocho años. Mis recuerdos siempre son muy intentos. Cuando me escondo en ellos, vuelvo a vivirlos. Regreso al vacío del pasado para ser unos segundos aquel muchacho de entonces; vuelvo a sentir el vértigo de un amor fresco y arrebatado. Vivía yo entonces como si cada amanecer fuera el último. Hacíamos el amor en los parques al caer la noche. Viajábamos a Italia, a Eslovenia o a Dalmacia. Bebíamos mucha cerveza. Bailábamos hasta altas horas de la madrugada y amanecíamos abrazados como si el mundo terminara al borde de nuestras sabanas.

Para seguir andando el camino, para seguir amando hoy, vuelvo a verme amando y mirando con los ojos de entonces. Y los ojos con que ahora miro, y la mujer a la que ahora amo, ya no son los mismos ojos ni la misma mujer, o si lo son, en otro cuerpo, con otro alma; porque todas las mujeres a las que he amado, todos los sentimientos que he sentido, todos los viajes que he viajado, me han llevado siempre al mismo lugar: Un sitio sin nombre, sin pensamientos ni prisas. Un lugar donde todos somos uno y las palabras no necesitan ser pronunciadas. Ese lugar se encuentra allí donde no hay ya recuerdos, ni pasado alguno, solo presente. Un presente eterno que dura una brizna de segundo.

( Foto: Luis Echanove)

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Tarde de un miércoles

Y Creo que muero si no siento el roce de tu cuerpo junto a mí.
Platero y Tú

He llegado a esa edad desde la cual las cosas se ven con cierta pausa, aunque sin distancia alguna. Es más: contemplo todo más cerca que nunca antes. En los rostros de los amigos encuentro mis propias preocupaciones y alegrías; en las sonrisas y en los juegos de mis hijos miro mi propia infancia, y la infancia de todos. El trabajo también lo observo desde esa pausada cercanía: ya no corro detrás de las novedades, las aventuras o los retos. Más bien los siento caminar ante mis ojos. Pero no los dejo pasar: Hablo con ellos. No los rehúyo, claro que no: Me sigo tirando de bruces encima de todas las causas perdidas, pero ahora no lo hago tanto fruto de un impulso, sino tal vez guiado por un sentimiento.

Hubo un tiempo en que pensaba que la vida era más fuerte que yo mismo, y la perseguía. Nunca pensé que me superase: más bien, me dominaba, como una fuerza natural apresada dentro de mi mismo. Ahora se que la vida corretea a su modo y que, por más que corra tras ella, no siempre se deja atrapar.

Por eso a veces me apeo a un lado de camino. Tal vez me fumo un cigarro, camino por un parque, diluyo los ojos en los rizos de Eva o miro a mis hijos dibujar dragones y princesas. Y, en esos momentos, de pronto la vida se para frente a mí y los relojes dejan de funcionar.

(Foto: Luis Echanove)

lunes, 5 de septiembre de 2011

Monte

La carretera se desliza serenamente através de las dehesas. El bisabuelo va citando los nombres de las fincas donde, antaño, al caer la tarde, reposaban él y su padre tras horas de camino a lomos de caballo, guiando a las ovejas y a las cabras. Ya no hay pueblos, ni personas, solo ciervas y varetones pastando tranquilos entre las encinas.

Llegamos al fin al villorrio. El bisabuelo muestra la fotografía sepia al tabernero, y luego al guía del parque natural. 'Este soy yo', dice, señalando con el dedo a un muchacho sonriente de la imagen. "Soy yo aquí, –añade- hace unos setenta años'.


Ya en la furgoneta, penetramos en el área protegida cruzando un siniestro bosquecillo de alcornoques. El guía nos ofrece sus prismáticos. Juanito y Carmen se afanan en capturar un águila imperial con las lentes. El bisabuelo sonríe placidamente. En la raña ciervos y más ciervos nos miran con sus ojos vacíos. Para decepción de Juanito, el gallipato (ese escurridizo lagarto de piel húmeda que gusta defenderse de sus enemigos clavándoles las costillas) no aparece por parte alguna. El bisabuelo atisba un jabalí entre las jaras.

Termina la visita. Detrás dejamos la pradera enorme de hierba quemada por el sol, las sombras largas de los árboles al final del día y el color rojizo de las lomas en el horizonte. Un silencio enorme lo invade todo. El bisabuelo sigue sonriendo. Su ojillos chisposos delatan que está cautivo en los recuerdos, en esa vida suya de niño pastor en Cabañeros.

Volvemos, ya a oscuras. El camino es largo y la noche tranquila. De pronto, un cervatillo brota en la espesura obligándonos a frenar bruscamente. Seguimos la marcha.

La luz del pueblo grande al fin nos da un respiro. 'ya estamos en nuestro lugar', dice el bisabuelo. Sabe bien que, allí en la espesura, la noche es noche de verdad.

(Foto: Ildefonso Bellón)

viernes, 2 de septiembre de 2011

Andar las calles

Cuando estoy de vacaciones, intento siempre recorrer una tarde las calles del Centro de Madrid, más que todo para verificar que todo sigue en su lugar. También aprovecho para agudizar la oreja y captar en mi recorrido trozos sueltos de conversaciones. Siempre he soñado con un día escribir una novela con esas fracciones caóticas de lo que otros hablaron alguna vez, aunque, como no tomo notas mientras camino, creo que mi sueño jamás se verá cumplido.

Este agosto mi usual recorrido anual me deparó más sorpresas de las que cabria esperar. Comencé frente al Corte Inglés de Princesa. Casi no me crucé con nadie a lo largo de la tórrida calle de Alberto Aguilera. El café Comercial de la glorieta de Bilbao estaba prácticamente vacío. La aventura de verdad comenzó al doblar por la calle Fuencarral: Una anciana recriminaba en alta voz a su sobrina por no querer entrar a compra nada en una sofisticada tienda erótica. “Siempre me traes aquí a comprar cosas, ¿Por qué no entramos hoy?”- decía la señora a las puertas de la tienda picante.

Proseguí a marcha lenta a lo largo de esa calle que, desde hace una década, perdió sus tradicionales comercios de decomisos y se transformó en una especie de Soho versión castiza. Me cruzaba con personajes de todo pelo, pero casi todos caminaban en solitario, y por tanto sin hablar. Ya muy cerca de Gran Vía una joven de belleza frágil tocaba el violín disfrazada de artista de opereta decimonónica. Nadie arrojaba monedas en su caja de cartón. Quedé escuchándola un buen rato, y al cabo de un tiempo comenzó a llorar como una Magdalena, al punto de tener que dejar de su instrumento sobre el suelo y limpiarse las lágrimas con un cleenex. Luego prosiguió con su música como si tal cosa. La misma secuencia se repitió al menos otras tres veces.

Un poco azorado, me retiré despacio y continúe en dirección a la Puerta del Sol. Allí, sentado sobre el poyete de una de las fuentes, reconocí a uno de los co-autores del pequeño libro sobre el movimiento de los Indignados que una hora antes había adquirido en el Corte Inglés. Miré la foto de la solapa con cuidado, para cerciorarme de la coincidencia y, sin dudarlo, decidí tomar un taxi hasta casa, temeroso de seguir coleccionando escenas que restarían credibilidad a ese libro que nunca escribiré.

(Foto: Ildefonso Bellón)

Nuestra casa

La casa es más que todo blanca. Ningún cuadro cuelga en nuestro dormitorio; dormimos rodeados de albos muros, armarios y cajoneras. Ese blanco tórrido protege bien nuestro sueño estival. A veces, si no están los niños, nos levantamos tarde y gastamos el resto de la mañana en ese universo pequeño que es nuestra casa. Desayunamos despacio, ojeamos libros, hablamos tranquilos y, así, la primera parte del día discurre sola, sin altibajos, deslizándose como un barco entrando despacio en su puerto. El mundo lo vemos desde el gran ventanal del salón. Es agradable saber que, entre tanto, el resto de la vida continua allí fuera, a un ritmo diferente al nuestro.

Cuando el calor se relaja y el inquieto mediodía llama a nuestra puerta, entonces despertamos de nuestro letargo plácido y, nos lanzamos a la calle, a vivir todas esas vidas que no son la nuestra pero podrían serlo.

Escribo ahora lejos de ese hogar temporal donde nos escondemos de las inquietudes y nos dejamos llevar por lo que realmente somos (un hombre y una mujer a solas, en una casa tranquila, sin más obligaciones que vivir). Echo de menos en este instante y más que nunca, esa sensación de gozar los momentos sin sobresaltos, acurrucado entre los blancos muros de nuestro escondite. Nuestra morada, ahora vacía, nos espera allí, un verano más, o un verano menos.

(Foto: Ildefonso Bellón)

Tarde de almuerzo en el campo

La tarde se pasea indiferente entorno a la mesa. La comida es lenta. Todo parece azaroso, pero responde a un ritual secreto y cotidiano a la vez. Los niños juegan en el pórtico, extraen agua de la noria rehabilitada, hacen agujeros en el suelo, corretean. Dentro de la casa, los hombres beben despacio, y hablan también despacio, midiendo sus palabras, no por guardarse pensamientos, sino para sólo decir aquello que resulta imprescindible y necesario. Hablan de los vecinos del pueblo, sin crítica alguna, sin dobleces tampoco. Los llaman siempre por sus motes de familia. Intercambian fechas, anécdotas y datos, para así saberse unidos en el conocimiento intimo de quienes comparten el día a día de sus labores y problemas.

El tiempo discurre despacio, acurrucado en la modorra de la tarde veraniega. Los segundos se traban entre los sorbos de vino y las frases cerradas. Pareciera que poco sucede, pero no es así: ocurren cosas, cosas de dimensión tal vez minúscula, pero importantes: un brazo se estira para agarrar los panes; las mujeres trajinan con los platos en el fregadero; un contertulio cierra los ojos levemente, no por cabecear, sino como pensando.

Vuelan por el aire fresco de la sala palabras precisas y antiguas, que a veces no entiendo: palabras como tasajo, o haldeando, o postuero. Todos son presa de un dialogo tranquilo que pareciera escrito antes que ellos. Cada opinión encaja en su sitio. Se habla cuando toca y, cuando no, se guarda silencio, quizás para dar cobijo a las palabras oídas.

Un día, pienso, alguien romperá el sortilegio y soltará de pronto algo intempestivo. Ese día, estoy seguro, el fin del mundo estará mas cerca.

(Foto: Ildefonso Bellón)

sábado, 16 de julio de 2011

Un día más

El día empezó con un rantocillo correteando dentro del ascensor de nuestro edificio, y terminó con el sonido estridente de la alarma de la embajada de la Unión Europa. Salimos de casa, duchados y desayunados, felices los niños por el ultimo de día de colegio, y los mayores, porque acababa también para ellos el trabajo. Las puertas metálicas y sonoras del elevador se abrieron y revelaron su secreto interior: Un roedor miedoso daba enloquecedoras vueltas dentro del claustrofóbico espacio ascensoril. Bajamos andando las escaleras de los doce pisos.

Por la noche, Eva se quedó en la oficina terminando hasta tarde de analizar proyectos para luchar contra la tortura carcelaria. Cuando fui a buscarla y ella abrió la puerta de salida, el dispositivo sonoro para ahuyentar potenciales ladrones o espías saltó de pronto. El barrio entero se despertó. Los guardias de seguridad no sabían como poner fin a la pesadilla. Una ambulancia y varios coches de policía aparecieron en el lugar de los hechos. Dejamos la escena del crimen con espíritu culposo.

Pero, entre el ratón y la alarma, la jornada fue prolija en acontecimientos diversos: Yo atendí una conferencia sobre prevención de desastres naturales, Eva otra sobre la cadena perpetua. Los niños jugaron en el cole a una guerra con pistolas de agua, y, en la tarde, los enormes saltamontes de la terraza lograron penetrar en el salón de casa. Juanito los cazaba con servilletas.

Un aguacero corto y apocalíptico cerró ese día. En el cafetín del teatro de títeres, en la ciudad vieja, donde cenábamos, la lluvia entraba racheada en la terraza, o copiosa y vertical por las ranuras del aire acondicionado; hasta se colaba peligrosamente por los cables de las lámparas de mesa. Al despejarse la cortina densa del chubasco, la luna llena anaranjada brilló de nuevo sobre la catedral .

(Foto: Luis Echanove)

Madrid en la memoria

Regreso en pocos días al lugar donde nací. Vuelvo al sitio que me hizo ser. Cuando vives lejos, ese lugar de origen se transforma en memoria, la geografía se hace recuerdos. Voy de nuevo a la guarida del tiempo que ya no volverá.

Mis referencias en Madrid ya no son los nombres de las calles ni los horarios de las obligaciones cotidianas. La ciudad se transformó para mí en un mapa de momentos, escondidos en bares que una vez frecuenté, en parques que antes recorría, en la casa familiar donde pasé mi infancia y mi primera juventud.

En lugar de plazas o avenidas, mi callejero interior se compone de conversaciones antiguas en cafés que tal vez ya no existen, de noches largas en garitos que mudaron de rostro, de aulas alegres de una facultad a la que nunca he regresado, de tardes de cine en días de lluvia, de besos hurtados en una fiesta, de trayectos en el metro enumerando las estaciones mentalmente, o de paseos por esos caminos del Retiro que nunca cambiarán.

Madrid es mi escondite, el pequeño planeta doméstico donde me siento recogido, como un montañero perdido cuando encuentra su refugio. Madrid es, sí, dónde me siento a salvo, como solo a salvo puede sentirse quien vive coleccionando países en su mochila y no encuentra el momento de parar a descansar.

Madrid es el recreo en el colegio de mi vida.

Madrid son aquellos a quienes quiero y ante los que, en mi fuero interno, me siento ingrato al abandonarlos en pos de este deambular por el mundo en que transformé mis años.

Si el mundo fuera una casa, Madrid sería mi habitación; ese cuarto sagrado donde, al fin, eres tú mismo siempre, porque cada libro, cada estante, cada cuadro, son, a fin de cuentas, reflejo de tu persona.

Es, así mismo, un plano urbano de canciones, con su calle Melancolía y la del Olvido, o hasta un Boulevard de los Sueños Rotos y también los cumplidos. Por eso, cada vez que estoy de vuelta, siento que he muerto y he resucitado y que, aunque soñé con otra vida y con otro mundo, todo en realidad empezaba y acababa allí mismo.

(Foto: Luis Echanove)

jueves, 14 de julio de 2011

El cabroncete interior

La lógica de los incentivos en el ejército, llevada a su extremo, viene a ser más o menos esta: Si matas muchos enemigos, te llevas una medalla. Y parece que el incentivo, en efecto, logra generalmente sus efectos de incrementar la mortalidad: He leído hoy en las noticias que un coronel colombiano confesó haber asesinado a cuarenta y siete campesinos en el año 2007, a cuyos cadáveres diligentemente vistió con uniformes de guerrilleros, con el sano propósito de obtener una condecoración.

Además de la pieza de chapa para colgarse en la pechera, el militar también obtuvo como premio a su hazaña un permiso especial. La noticia no hablaba de estipendios en dinero. Así pues, el análisis coste/beneficio de la operación fue más o menos como sigue: cuarenta y siete cándidos tipos vieron su vida sesgada a cambio de una medallita y unos días de vacaciones para el coronel. De todos modos, este tipo de balances a veces son injustos. Tal vez el acucioso coronel empleó sus días libres en visitar a su mamá enferma o en ayudar a sus hijos con los deberes del colegio. Seguro que en fondo el coronel no es ningún mal tipo, solo un hombre volcado en su profesión. Además, este proceder, más que la excepción, es la regla en Colombia: las organizaciones de derechos humanos llevan computados unos dos mil casos de civiles inocentes muertos adrede por el ejercito solo para hacer subir las estadísticas de bajas enemigas y probar que la guerra contra las guerrillas va viento en popa.

El Reino Unido vive ahora convulsionado porque al fin se ha revelado que, para vender más periódicos, un diario de tirada millonaria se dedicada a pinchar los móviles de media Inglaterra y así obtener cotilleos escabrosos de primera mano. Una vez leí que el presentador de un programa televisivo en vivo brasileño pagaba a criminales para matar a gente; después los equipos informativos de su programa eran, por supuesto, los primeros en llegar a la escena del crimen (puesto que sabían de antemano que iba a tener lugar). Con ello, el tipo lograba siempre que su espacio informativo fuera el más visto de la programación.

Todo lo anterior no son sino ejemplos extremos del pecado original que pudre nuestras sociedades por dentro: el fondo de las cosas no importa una mierda; lo que de verdad cuenta son las estadísticas, el vender más, los índices de audiencia. Lo peor del caso es que no hace falta matar a nadie ni llegar a esos extremos para ser un cabroncete. Tal vez todos llevemos dentro a nuestro pequeño genio maligno metido dentro. La tragedia, en nuestras sociedades, es que todo parece diseñado para incentivar a ese cabroncete interior a salir afuera y ganarse una medalla.

(Foto: Ignacio Huerga)

Difusa existencia

Dicen que la isla Thompson no existe. Las tripulaciones de dos navíos balleneros la avistaron en dos momentos diferentes del siglo XIX. Perdida en medio del Atlántico Sur, su silueta de rocas y nieve rompió la monotonía inmensa del horizonte marino. Las coordenadas de su emplazamiento dadas por los capitanes de ambos buques coincidían. Ellos la vieron, sí, la vieron y la ubicaron en el entramado milimétrico de los paralelos y los meridianos, pero los satélites del siglo XXI no logran encontrarla. Las viejas cartas de navegación y algunos atlas escolares aún recogen su nombre, junto a un puntito diminuto en medio del color azul. Mi moderna bola del mundo giratoria, en cambio, la ignora con desdén.

Sostienen los escasos hombres de ciencia dedicados a la geografía de lo imposible que tal vez lo que aquellos marineros contemplaron no fue sino el reflejo ilusorio de otra isla remota, la de Bouvet, igualmente lejana, igualmente pérdida en medio de la nada oceánica, pero de existencia incuestionable.


Bouvet, aunque despoblada, cuenta con dominio de Internet propio. Los albatros que pueblan sus escarpados acantilados y los líquenes agazapados bajo el manto de sus glaciares inmensos reciben a veces la ocasional visita de naturalistas o meteorólogos noruegos. Bouvet existe, aunque atrapada en esa lánguida realidad difusa de todo aquello que es ignorado por la mayor parte de los mortales.


Aunque situada a centenares de millas, Bouvet es la tierra firme más cercana a la evanescente Thompson. Sostienen esos sabios que, en virtud de un extraño fenómeno visual, una masa de tierra aislada en medio de los mares bien podría proyectarse sobre el cristal de las aguas y dar forma a un espejismo en otro punto de la cartografía náutica. Conforme a esta tesis, la isla Thompson no sería sino el resultado de un hipotético truco de magia óptica.


Otros expertos, y yo con ellos, desconfían de tales explicaciones. Mantienen que la isla fantasma de veras gozaba de entidad tangible cuando fue contemplada por aquellos barcos cazadores de ballenas. Según ellos, un volcán submarino se la tragó después, sin dejar rastro alguno de su presencia. La ausencia de fallas submarinas en la zona parece minar la verosimilitud de esta alternativa pero, ¿cómo explicar si no la desaparición repentina de una isla?


Me cuesta admitir que Thompson sea solo un juego de luces proyectado sobre el mar o la memoria de un lugar sumergido tras una erupción. Me aferro a la idea de su existencia, aún hoy, por más que las fotos satelitales no consigan ubicarla.


A veces, en ciertos momentos de cordura, me pregunto si acaso Thompson no es lo único que existe en este mundo, y todo lo demás no es sino el reflejo ficticio de esa isla misteriosa.


(Foto: Ignacio Huerga)

miércoles, 13 de julio de 2011

No seguir el camino

'Me gusta andar, pero no sigo el camino. Lo seguro ya no tiene misterio'. (Facundo Cabral)

Vino al mundo en una paupérrima familia de provincias. A los nueve años se marchó sólo a la capital. Había oído a alguien decir que el presidente del país daba trabajo a los pobres. Nadie sabe como, pero logró colarse en una recepción oficial y acceder a la primera dama. Ésta, conmovida ante el niño harapiento, buscó un empleo a su madre. La humilde familia se traslado a la gran ciudad, y, aunque los apuros económicos se paliaron en parte, el círculo de pobreza y marginación seguía atrapándoles. A los diez años era alcohólico. Fue internado en un reformatorio y de allí se fugó. A los 14 un jesuita le enseñó a leer y escribir. Entonces empezó a devorar libros obsesivamente, y pronto adquirió una cultura notable. Sin estudios, sin empleo, se lanzó a la calle y terminó tocando la guitarra por las esquinas.

Comenzó a crear canciones, limpias, poéticas, al principio con poco éxito. Al cabo del tiempo, por azares de la vida, llegó la fama. Su música comenzó a escucharse por todo el continente. Se casó con una mujer a la que amaba. Era feliz, aunque aquello duró poco: la vida seguía negándole un camino derecho. Ella murió enseguida en un accidente horrible. El, triste y solo, hubo de exiliarse cuando los militares tomaron el poder. Sus canciones, gritos alegres de justicia social, no gustaban a los generalísimos torturadores. Recorrió el mundo dando conciertos. Ya nunca volvió a vivir en una casa. Migraba de hotel en hotel, siempre ligero de equipaje. Un día se desprendió de todos los trofeos, reconocimientos y discos de oro regalándoselos a un taxista amigo.

Al cabo de los años pudo por fin regresar a su patria. El público le recibió con pasión. Pareciera que por fin lograba acariciar, sino la felicidad, al menos una dicha sin sobresaltos. Pero la vida se había empeñado en ser perra con él: fue perdiendo vista hasta quedar casi ciego. No importó: Sus ánimos nunca flaqueaban y su espíritu de vagabundo ilustrado le mantenía siempre a flote. Amigos nunca le faltaban. Pacifista practicante, seguía guerreando con sus canciones y su guitarra allí donde le llamaran.

Y le llamaron a Centroamérica. Tras una gira salvadoreña, aterrizó en Ciudad de Guatemala, capital de un país maldecido por el destino. Tres coches negros con sicarios se cruzaron en su camino del aeropuerto al hotel. Descerrajaron sus metralletas sobre el cantor errante, que murió al instante, por error, confundido tal vez con otro.

Pasó su vida luchando con tesón generoso por redimir al mundo con su música alegre pero comprometida. Dicen que la vida de los auténticos trovadores nunca fue fácil. La felicidad, a veces, es jodidamente esquiva con quien más la merece.

Facundo Cabral, poeta y cantautor argentino, murió asesinado en Guatemala el 9 de julio de 2011.
(Foto: Ignacio Huerga)

martes, 5 de julio de 2011

Ahora que es verano

No importan los años que pasen, ni el país en el que viva: al final, el calor estival del mediodía me devuelve a los veranos de entonces, cuando uno medía poco más de un metro y medio y la felicidad tenía horizonte de piscina. Expectantes esperábamos el fin de la hora de digestión, para después precitarnos con prisa a nuestro océano de baldosines azules. Luego, a la salida, tumbados en las toallas sobre las baldosas, miraba yo siempre al cielo azul con los ojos entreabiertos, y las gotitas de agua retenidas entre las pestañas amplificaban formas redondeadas, como amebas o medusas microscópicas.

La sombra se alargaba deprisa, anunciando la hora de cambiar al bañador por el pantalón vaquero. Al final de la eterna tarde (porque el tiempo, cuando se es niño, funciona más despacio) jugábamos a polis y cacos en el Jardín de Atrás, el parque de enormes pinos y fuentes de granito y bronce. Corríamos unos tras otros, con la vana esperanza de nunca ser atrapados. De pronto, la chica con pecas del equipo contrario me sonreía fugazmente, tal vez agradecida por rescatarla de la guarida policial, y yo sentía cosquillas en el estómago, porque sus pecas me gustaban, y su nariz redondeada, y sus ojos azules y alegres.

Y al final, con el cielo ya oscuro, subíamos a cenar, para bajar de nuevo al rato, a sentarnos en el poyete, junto al portal. Y allí charlábamos, contábamos chistes, bromeábamos, hacíamos planes para el siguiente día y la chica de las pecas a veces reía y yo entonces la miraba en silencio, torpe, absorto.

Por la noche, en las literas del cuarto de mi primo, hablábamos y hablábamos antes de dormir y queríamos que el verano no terminara nunca. Vendrían después los días de playa, y luego el regreso a la Sierra otra vez, ya en septiembre, cuando tocaba forrar los libros para el curso próximo.

No importan los años que pasen, ni el país en el que viva: el sol resplandeciente de mediodía, el olor a agua clorada de las piscinas y las tardes que mueren lentas me devuelven siempre a los veranos de entonces.

(Foto: Nacho Huerga)